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Vicios intelectuales




Autor: Jesús Vega


Siempre he sentido una cierta atracción por los moralistas. Aunque, por mi parte, no puedo decir que tenga tal vocación, me gusta sumergirme en la sutileza de sus análisis de los motivos de la conducta humana. El moralista cuidadoso suele olvidar el trazo grueso, a pesar de la contundencia –a veces despiadada– de sus secas observaciones. Emite sus juicios en la mayor parte de las ocasiones desde una cierta ironía, desde el distanciamiento cómplice de quien conoce quizá demasiado bien ciertos vicios y ciertas actitudes. Sin embargo, me atrevería a decir que lamentablemente el moralismo que se extiende sin cortapisas en nuestro tiempo ha perdido esa distancia y juzga desde la arrogancia y la superioridad moral.


He creído necesario preludiar esta entrada sobre los vicios intelectuales con esta llamada de atención sobre el rampante moralismo de nuestro tiempo, puesto que mis observaciones no pretenden en ningún caso enjuiciar conductas sino recordar que nuestros juicios sobre lo que hay de nocivo en ciertas actitudes siempre han de sopesarse teniendo en cuenta la rica multiplicidad de motivaciones, oportunidades y necesidades de cada uno. El inusitado interés en los últimos años por catalogar y describir los vicios que asolan nuestra vida intelectual no responde ni al moralismo romo ni a la sutileza de los moralistas que penetran en el interior de las almas sino a un esfuerzo por comprender mejor un daño que permanecía oculto a nuestras miradas.


El catálogo de los vicios intelectuales se ha extendido sin límites. A las disposiciones más morales, como el orgullo o la vanidad o el desprecio, se han sumado actitudes, modos de pensamiento y rasgos de carácter de todo tipo: el partidismo, la parcialidad, la obsesión, la temeridad, tanto la vana curiosidad como la falta de curiosidad, el conformismo, la negligencia, los prejuicios, el dogmatismo, la arrogancia, el servilismo, la pereza, la charlatanería, la estupidez en sus distintos grados y formas, la indiferencia, la malevolencia… Todas estas actitudes y disposiciones manifiestan una dimensión intelectual que no se puede capturar apelando a los defectos más comunes en el desempeño intelectual (el error, la ignorancia o la falta de, o la deficiencia en, las capacidades cognitivas de la gente), y que tampoco puede ser explicada por completo a partir de los sesgos sistemáticos a los que estamos sujetos en nuestras evaluaciones de información, en el razonamiento y en la toma de decisiones, al menos si hacemos caso a la psicología cognitiva más reciente. Todos estos vicios, si vicios son, parecen involucrar el complejo de la voluntad, movilizar al individuo en su totalidad, y se supone que influyen negativamente en su desempeño epistémico.

No cabe la menor duda de que estos vicios son dañinos intelectual o epistémicamente. Pero ¿cómo hemos de concebir el daño intelectual? ¿Qué tipo de daño es este? Con cierta trivialidad, podría decirse que es el daño que deriva de una pérdida de conocimiento o de creencias verdaderas. Sin embargo, esto, que como tal ya implica una pérdida importante, no captura el alcance del daño que provocan los vicios intelectuales. Perder ciertos bienes epistémicos en particular no es tan decisivo, salvo que uno quiera pensar que adquirir conocimiento sea un deber o algo como tal valioso. Sí es cierto por el contrario que es necesario tener conocimientos para formar parte de una sociedad y que, para ello, hemos de estar en disposición de ejercer nuestras facultades intelectuales y, en general, nuestras competencias en buenas condiciones. El daño provocado por los vicios se sitúa en este nivel; no se reduce a la pérdida derivada del hecho de que obstruyen la obtención de conocimiento sino que alcanza a lo que hace de cada uno de nosotros sujetos de conocimiento. Es un daño que deriva de una forma de corrupción que socava nuestra agencia intelectual. Los vicios corrompen, algunos de raíz. Crean en uno mismo las condiciones para que otros vicios se instalen o se exacerben. Los vicios intelectuales dañan la agencia epistémica. Y los vicios intelectuales corrompen especialmente, pues atañen al ser pensante por entero.


Los vicios intelectuales son hábitos de pensamiento, actitudes y disposiciones que socavan nuestra capacidad de actuar en tanto sujetos de conocimiento. Esta capacidad consiste, entre otras cosas, en estar en disposición de contribuir a las prácticas epistémicas colectivas, ser un participante de una comunidad epistémica en la que se recoge y se evalúa la información. Muchos de los vicios, que son corruptores del yo, afectan a cómo uno se comprende en tanto participante de estas prácticas; reflejan una sensibilidad desviada hacia las condiciones en que uno mismo pone en ejercicio sus facultades intelectuales. Por eso, el daño se filtra hasta impedir que uno se haga cargo de la propia vida intelectual y que pueda responder por ella.


No somos seres cognoscentes aislados. Parte del pensamiento filosófico sobre el conocimiento se ha sostenido sobre políticas de aislamiento, sobre la idea de que el ser pensante de modo autónomo e independiente ha de llegar a sus propias conclusiones, establecer sus propias verdades, atenerse a sus competencias y habilidades. Lejos de ello, solo llegamos a ser plenos conocedores en entornos sociales, donde otros (incluida toda una ecología de aparatos, instrumentos y objetos) nos sostienen en nuestras prácticas de formación y de evaluación de creencias, en el filtrado y selección de información, en las evaluaciones de su significación, de su valor, de su interés. Ser un sujeto cognoscente pasa siempre por contribuir a las prácticas epistémicas de una comunidad. Pertenecemos simultáneamente a varias comunidades epistémicas en las que podemos intercambiar información y en las que “valoramos” esa información. Esas comunidades son más o menos exigentes en lo que se refiere a estándares de naturaleza netamente epistémica. Es en su seno donde se desarrolla nuestro carácter o nuestra identidad como seres cognoscentes. Por tanto, es en su seno donde algunos vicios arraigan de modo particular.

Los vicios son personales, en un sentido profundo. Sus manifestaciones son, no obstante, sociales; y no solo porque sus causas y sus efectos sean sociales y políticos. Es también porque su carácter vicioso deriva de cómo obstaculizan la participación de cada ser cognoscente a las prácticas de la comunidad epistémica. No tengo la tentación de decir que existe algo así como vicios colectivos o de colectivos o estados de corrupción epistémica que afectan al cuerpo social. Lo que es cierto es que algunos vicios intelectuales arraigan más fácilmente en ciertos entornos (sociales), por un lado, y que además, por otro lado, contribuyen a crear y perpetuar condiciones sociales específicas de participación en las prácticas epistémicas, condiciones de exclusión, explotación u opresión. No soy de aquellos que piensan que pueda atribuirse a la mera estupidez algunas de las condiciones en que ciertos males se perpetúan; en ocasiones, no es descartable una cierta malevolencia intelectual, la voluntad de impedir la adquisición de bienes epistémicos, que es tanto más deletérea porque se manifiesta no solo en relación a las propias creencia sino también relación a las creencias de los otros. Y, en esa medida, impide y obstaculiza que otros participen de los bienes epistémicos que les son debidos en cierto modo. Es un vicio profundamente corruptor porque manifiesta un desprecio por la vida intelectual en su conjunto, por la propia y por la de los demás.


Los vicios intelectuales no son meros defectos; son aspectos del pensar por los que somos criticables y de los que somos responsables. También lo somos de los daños que infligimos a nuestra capacidad de agencia y que nos infligimos colectivamente mediante el cultivo de disposiciones y hábitos intelectuales perniciosos. En el siglo XIX, W. Clifford, de modo quizá excesivamente enfático, consideró los deberes de una ética de la creencia como deberes hacia la humanidad en su conjunto. Cualquier creencia, decía, que se apoye en pruebas insuficientes, atenta contra la humanidad. Su rigorismo intelectual, que lo era también moral, nos parece hoy en día excesivo. Pero nos recordaba igualmente que uno no puede parapetarse en la idea de que las creencias son en lo esencial privadas. Al contrario, las creencias que derivan de hábitos intelectualmente viciosos corrompen no solo al individuo sino al colectivo, pues toda creencia tiene un lado público. Pero ¿no es este el camino más rápido hacia la intolerancia? Pues ¿qué otro modo de hacer frente a la corrupción colectiva en las prácticas epistémicas que derivan de la extensión de los vicios intelectuales?

Recuérdese, los vicios intelectuales son personales, pero conciernen fundamentalmente a las prácticas colectivas de producción de saber. Una ética intelectual ha de promover hábitos en los sujetos cognoscentes para que estén en disposición de participar plenamente en las prácticas epistémica de una comunidad. Han de impedir que se instalen en ellos hábitos perniciosos que afecten a la sensibilidad a las razones que han de contar para sostener nuestras creencias y que afecten a la sensibilidad a cómo estamos situados en un espacio de otros sujetos cognoscentes que pueden compartir razones con nosotros. Todos estaríamos dispuestos a admitir que los vicios intelectuales surgen con fuerza cuando uno no manifiesta una sensibilidad hacia lo que son evidencias y razones. Pero, dado que no es asunto fácil detectar qué hechos son evidencias a favor o en contra de tal creencia o convicción, puesto que no siempre estamos en la mejor de las disposiciones para apreciar que son “evidencias”, hemos de ser capaces de desarrollar una sensibilidad a cómo respondemos cada uno de nosotros a los hechos y accedemos a las razones.

Los ilustrados, Kant a la cabeza, nos urgían a orientarnos bien en el pensamiento. Por ello, entendían una conformidad a las leyes de la razón, pero igualmente la necesaria manifestación de una libertad de pensamiento. Ambos aspectos son necesarios para contrarrestar el impulso del entusiasmo y de un fácil sentimiento de “verdad” de convicciones sin fundamento. Pero no deberíamos olvidar que pensar bien implica igualmente orientarse adecuadamente entre las fuentes de información y a los entornos sociales donde la obstrucción sistemática afecta a nuestro carácter de agentes epistémicos. Lo diría de otro modo, la necesaria libertad de pensamiento exige un cuidado de nosotros mismos como agentes epistémicos, y ese cuidado requiere afinar la mirada ante las condiciones en que ciertas prácticas colectivas impiden o perjudican esa tarea. Es un recordatorio de que nuestro carácter intelectual (o nuestra identidad epistémica) no está solo en nuestras manos o, al menos, no lo está de manera plena. Y de que no solo hemos de cuidarnos de nuestras propias creencias, o de nuestras virtudes y vicios, sino de las condiciones sociales y colectivas en que estos se sostienen.


Pero querría ir más allá e intentar ofrecer una hipótesis sobre cuál es la raíz última de estos vicios: una relación defectuosa con las creencias que uno está dispuesto a mantener. Muchos de los vicios, si no todos, se reconducen en última instancia a una relación perversa con las propias creencias, una perversión que se cifra en hacer de la creencia un objeto que uno puede querer o no querer tener. Esto conduce inmediatamente a viciar la investigación, afecta al buen juzgar y nos hace fácilmente insensibles a las razones. Como he dicho, la insensibilidad a las razones (epistémicas) y a las condiciones en que podemos intercambiar razones (epistémicas) con otros es la fuente de la mayor parte de los vicios. Esta insensibilidad se traduce al mismo tiempo en una cierta indiferencia hacia la verdad. No sé si se requiere un especial amor por la verdad para que los vicios intelectuales no arraiguen en la mente de cada uno; se requiere al menos un respeto por la verdad para que estas formas de insensibilidad no fructifiquen. Y es que la raíz última de los vicios intelectuales remite a una forma de violencia, una violencia que ejercemos hacia nosotros mismos y que se extiende también hacia las creencias de otros. John Locke, en el capítulo de su Ensayo sobre el entendimiento humano más netamente ilustrado, el dedicado al entusiasmo y su crítica, entra al corazón de la corrupción en nuestros juicios al señalar que esta deriva, y se acompaña, de violencia. La falta de respecto a la verdad es una falta de respeto a la propia libertad de pensamiento que genera también una predisposición a decir a otros lo que “deben creer”. Los vicios intelectuales afectan a la agencia epistémica de cada uno porque la falta de respecto por la verdad se traduce en la imposición a uno mismo de la creencia, un dejarse llevar por querer creer, cuando la creencia no ha de ser una actitud hacia la cual podamos ejercer una voluntad presuntamente absoluta. Creer algo porque quiero creerlo así o no creerlo porque no quiero creerlo son modos de la imposición y de la violencia. Negarse a saber es una actitud del mismo tipo, pues implica cerrar los ojos a las evidencias. Es el desorden fundamental del pensamiento, el que de modo más inmediato conduce a sesgar una investigación, a socavar la capacidad de juzgar por uno mismo o a devenir insensible a las razones.


Es que solo así seremos también capaces de evitar caer en entornos sociales pocos favorables epistémicamente, aquellos que fomentan ciertos vicios intelectuales. No podemos dejar que ciertas actitudes y disposiciones afecten tan negativamente al ser pensante por entero, hemos de ejercitar cierto cuidado y exhibir cierta responsabilidad hacia lo que hace de nosotros seres pensantes. Las éticas ilustradas de la creencia han visto siempre, con razón creo yo, una conexión estrecha entre la capacidad de juzgar por uno mismo, en libertad, y la capacidad de responder adecuadamente a aquellas razones que han de contar. Atreverse a pensar por uno mismo requiere evitar que se instale en nosotros esa raíz de todos los vicios, la que deriva de imponerse arbitrariamente una razón o una creencia; es el camino más directo para que otros nos las impongan.


Se me dirá, sin embargo, que los peligros de los vicios intelectuales que se expanden en nuestras sociedades no derivan tanto de imponer creencias, de una violencia ejercida sobre el pensamiento, sino de mecanismos más sibilinos en los cuales se manipulan las condiciones en que uno ejerce su agencia epistémica. Muchos vicios intelectuales se desarrollan especialmente en cámaras de eco y burbujas epistémicas que aprovechan sesgos cognitivos (subpersonales) para orientar no solo la creencia sino también para fomentar hábitos que resultan ser viciosos, como los que citábamos al comienzo de este texto. Es cierto que no estamos exentos de estrategias de manipulación, y hay entornos de interacción social que parecen favorecerla. Por eso, la ética intelectual, aunque se ocupe de vicios por así decir privados, personales, no puede hacerse a espaldas de un mayor cuidado en la argumentación pública, para que el necesario respeto a la verdad sea también respeto a los otros.





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