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Abismos Hermeneúticos




Autor: Ángela Franco Rosado


Con su obra Injusticia epistémica (2007), Miranda Fricker se ha asentado como una de las voces más innovadoras en epistemología contemporánea. En ella expone lo que considera dos formas de injusticia de carácter específicamente epistémico: la testimonial y la hermenéutica. La injusticia testimonial se produce cuando, debido a una serie de prejuicios identitarios sistemáticos, estructuralmente arraigados y sostenidos por las relaciones de poder –debidos por ejemplo al género, la raza, la religión o la edad– el oyente comete la injusticia de no darle al hablante la credibilidad que merece, por lo que éste intenta en vano transmitir lo que sabe. Puede decirse en este caso que el oyente es culpable del déficit de credibilidad que sufre el hablante. En la injusticia hermenéutica, en cambio, no hay culpables directos debido a que no responden a una responsabilidad individual concreta. Por el contrario, el problema será que el hablante, ante ciertas experiencias vividas, se ve incapaz de comprender y expresar lingüísticamente lo que le sucede. Por motivos de marginalización en las prácticas hermenéuticas, carece de los recursos expresivos necesarios para dar voz a su experiencia y poder compartirla con otros. Si bien hay estrategias que puede emplear para paliar la situación, en el caso de la injusticia hermenéutica el oyente no es causante del perjuicio, luego no es responsabilidad personal suya.


A fin de elaborar esta idea, Fricker habla de recursos hermenéuticos y lagunas hermenéuticas. Los primeros son conceptos disponibles en el imaginario colectivo de una cultura que sirven para expresar las vivencias y experiencias que el individuo tiene en sociedad y que permiten el intercambio comunicativo y la comprensión. Las lagunas, por otra parte, son vacíos u oquedades en dicho imaginario, conceptos que faltan para describir, expresar y comprender, y por tanto para hacerse comprender ante otros. Cuando estas lagunas no son meras faltas accidentales, sino carencias estructurales recurrentes, cuando favorecen el ejercicio de poder y el control sobre el más desfavorecido y perpetúan desigualdades sociales, no estamos sólo ante un problema de comprensión sino también de incapacidad social política. Así, podemos decir que la injusticia hermenéutica consiste en la carencia sistemática de una serie recursos hermenéuticos que, de tenerse, permitirían la comprensión y comunicación de la experiencia de un individuo en su contexto social. Debido a lagunas persistentes en la estructura hermenéutica de la cultura, dicho individuo se convierte de forma forzosa en un marginado hermenéutico, colocándose en una clarísima desventaja cognitiva a la hora de dar cuenta de sí mismo y de lo que vive, con lo que se hace mil veces más vulnerable y manejable ante aquellos que se encuentran por encima en la escala de poder y sí disponen de los recursos adecuados para expresar sus vivencias.


Un ejemplo privilegiado para estudiar este tipo de injusticias es la cuestión del género. Cuando por ejemplo en una sociedad a un determinado grupo de personas se les priva de la capacidad para identificar, expresar y comunicar lo que son o identificar una situación en la que se encuentran, como sucede en muchos contextos actuales con las personas no heteronormativas, sobre todo en etapas tan cruciales como la infancia y la adolescencia, tales personas padecen un silenciamiento ante la ausencia de los términos que los definen o la negación misma de todo lenguaje que los pudiera representar o expresar. (Para ampliar los conocimientos sobre los efectos psicológicos del habla y el silencio en los seres humanos, así como a nivel de identidad y de conducta, ver Rojas Marcos (2019)). Lo que ocurre es que se está sustrayendo de su imaginario y, al mismo tiempo (pues lo personal es político), del imaginario colectivo los recursos hermenéuticos que necesitarían para hacerlo. Ahora bien: en este tipo de casos la laguna de los recursos expresivos tiene un ámbito limitado, el de la sexualidad y el género, y no parece responder a estrategias expresas o intencionadas por parte del grupo dominante. Por el contrario, el ejemplo al que quisiera apuntar en este breve texto es una situación muy distinta.


Como régimen totalitario, Corea del Norte encarna y supera la famosa distopía orwelliana 1984, y en particular, por la manera en que el lenguaje es utilizado para controlar a la población. Lejos de entrar en comparaciones, puesto que son muchos los desastres humanitarios y dolores silenciados en el mundo, este país horroriza ante todo por su inaccesibilidad. Corea del Norte es un pozo de un altísimo dolor al que no podemos acceder, un punto denso como un agujero negro en la geografía del mundo donde millones de personas que sufren no tienen voz. Gracias al coraje de algunas que pudieron escapar del país y que se han atrevido a llevar su testimonio a un nivel internacional, tanto a través de los medios audiovisuales de comunicación como mediante la escritura y distribución de sus propias memorias, y a pesar de las incesantes amenazas del gobierno norcoreano, la concienciación sobre la violación de los derechos humanos en Corea del Norte es ahora un poco más palpable y generalizada, en lugar de difusa y anecdótica. La desertora Yeonmi Park alude varias veces a lo largo de su obra a la diferencia entre el lenguaje con el que creció y el del resto del mundo. El siguiente párrafo refiere a su estancia en una de las escuelas existentes en Corea del Sur para desertores norcoreanos, donde comienzan su adaptación al mundo exterior y son educados para que puedan desenvolverse mínimamente en la nueva sociedad y ya con la seguridad que el título de ciudadanos les reporta.


"Leí para llenar mi mente y bloquear los malos recuerdos. Pero descubrí que, cuanto más leía, más profundos se hacían mis pensamientos, mi visión se ampliaba y mis emociones se volvían menos superficiales. El vocabulario en Corea del Sur era mucho más rico que el que yo conocía y, cuando dispones de más palabras para describir el mundo, incrementas tu capacidad para desarrollar pensamientos complejos. En Corea del Norte, el régimen no quiere que pienses, y odian las sutilezas. Todo es blanco o negro, sin tonos de gris. Por ejemplo, en Corea del Norte, la única clase de “amor” que puedes describir es hacia el Líder. Habíamos oído emplear la palabra “amor” de diferentes formas en películas y programas de televisión de contrabando, pero no había manera de aplicar eso a la vida cotidiana en Corea del Norte: ni con tu familia, tus amigos, tu marido o tu mujer. En Corea del Sur, sin embargo, había muchos modos diferentes de expresar amor: por tus padres, tus amigos, la naturaleza, Dios, los animales, y por supuesto, tu novio o tu novia".

Podemos ver el caso de Corea del Norte como una injusticia hermenéutica extrema y a gran escala. Los poderes políticos se esfuerzan sistemáticamente por empobrecer los recursos hermenéuticos de la población mediante un enorme constreñimiento generalizado del vocabulario y los modos de expresión. Sustraen deliberadamente, y cada vez más con cada nueva generación, todos los conceptos que puedan suponer una amenaza y ayuden a cultivar un pensamiento potencialmente liberador y crítico. La reducción hermenéutica es tal, que se coartan también las expresiones y comprensiones personales y colectivas de las emociones, como es el caso del más básico concepto: el amor. Cuando Park habla de la incapacidad de extrapolar “eso” que se decían mutuamente los personajes de las películas y los programas a su vida cotidiana, se pone de manifiesto lo que quisiera denominar el abismo: el contexto social no está diseñado para llenar el inmenso vacío hermenéutico. Apenas existe siquiera una predisposición a ello porque en la mayoría de los casos no hay un cuestionamiento sobre el régimen opresor; toda duda es silenciada con más sufrimiento o con la muerte. Evidentemente, no estamos ante un ser humano distinto: los norcoreanos pueden dar abrazos y besos, pueden alegrarse de reunirse con alguien a quien aman o sufrir con la pérdida, pero cuando algo sistemáticamente no se menciona, no se comprende realmente, y con ello se limita y deforma, llegando a reducirse tanto como explica Park en el texto. Las lagunas frickerianas son aquí un interminable océano oscuro con los pocos conceptos permitidos y concienzudamente diseñados como pequeñas y puntuales islas, repetidos constantemente como un mantra para el mayor control mental y emocional de la población.


A pesar del intento de los educadores surcoreanos, el vacío fue durante tanto tiempo tan oscuro que se necesita un trabajo arduo y mucha voluntad personal para comenzar a iluminar el abismo y empoderarse de la experiencia silenciada, algo que sin duda consigue Park con su testimonio: hacer y hacerse justicia. La lectura y el estudio se hacen para ella especialmente cruciales ante el gigantesco salto comunicativo que se ve forzada a realizar: es un mundo nuevo, un lenguaje nuevo, una nueva forma de pensar.


Podría decirse, en definitiva, que la sistematicidad de la injusticia hermenéutica en Corea del Norte arraiga en el extremo, abismal, mucho más rígida y profunda que en otras culturas. ¿Estamos acaso ante el mayor reto y, a la vez, el más ignorado desastre humanitario a nivel geopolítico de nuestro tiempo? Lo innegable es que el régimen norcoreano es pura injusticia hermenéutica, pura incapacidad, puro sinsentido.


Y sin embargo, la voz de Yeonmi es clara.



REFERENCIAS


Fricker, M. (2007): Injusticia epistémica, Herder Editorial.


Orwell, G (1952): 1984, Ediciones Destino.


Park, Y. (2015): Escapar para vivir. El viaje de una joven norcoreana hacia la libertad, Plataforma Editorial.


Rojas Marcos, L. (2019): Somos lo que hablamos. El poder terapéutico de hablar y hablarnos, Penguin Random House Grupo Editorial, Grijalbo.

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